Loza llevó el malambo argentino a Berlín

El cineasta estrenó ayer en la Berlinale “Malambo, el hombre bueno”, una mezcla de documental y ficción

Santiago Loza presentó en el 68 Festival Internacional de Cine de Berlín “Malambo, el hombre bueno”, en el que aborda la lucha con uno mismo, el esfuerzo para imponerse a la adversidad y la transmisión de un arte de generación en generación, a través de la historia de un malambista que se entrena para ganar un torneo.
Seleccionada para la sección Panorama de la Berlinale, la décima película del autor de obras como “Extraño”, “La invención de la carne” y “Los labios” es una fábula luminosa sobre un bailarín de malambo que intenta llegar a la gloria, más allá de sus miserias y frustraciones, pero también es una película sobre “el movimiento, el golpe repetido en el suelo afirmando el peso de la vida, una fuerza que se impone a la derrota”.
El filme revela una curiosa paradoja que rodea al universo del malambo, “la del triunfo y la renuncia, la del apogeo y la extinción”, según explicó Loza a Télam, ya que cada competidor debe recorrer un camino plagado de obstáculos y enormes sacrificios para llegar a la competencia y, en caso de ganarla, su triunfo implica la renuncia absoluta a seguir concursando, entregándose por entero a la enseñanza de nuevos bailarines.
Protagonizada por Gaspar Jofre, Fernando Muñoz, Pablo Lugones, Nubecita Vargas, Gabriela Pastor y Carlos Defeo, la película de este cineasta y dramaturgo está filmada en blanco y negro y propone cierta atemporalidad para narrar la historia de un hombre sencillo que se torna extraordinario por un instante.
P- ¿Qué te llamó la atención del malambo para realizar una película en torno de él?
R- La película surgió de una charla con el productor Diego Dubcovsky. Teníamos ganas de trabajar juntos y mencionó el mundo del malambo. Como cordobés conocía la existencia de los festivales, pero nunca les había prestado demasiada atención. De los varios proyectos de los que hablamos, el del malambo parecía el más extraño a mi sensibilidad. Por eso mismo me tentó indagar como desafío. Observé clases de malambo, conversé con entrenadores y participantes. Vi un material de Gustavo Tarrío sobre el Festival de Laborde y también tuve una charla inspiradora con la coreógrafa Diana Szeinblum, que tiene un espectáculo precioso llamado “Adentro” donde toma algunos elementos del malambo.
P- ¿Y qué te contó Szeinblum?
R- Ella decía que los bailarines golpeaban la tierra para despertarla. Era su única conexión con ese baile tan extraño. También leí la crónica de Leila Guerrero centrada en la competencia de Laborde. Fui a las clases, preguntaba, pero dudaba si ahí podía existir una película. Desde mi prejuicio veía cierto machismo, nacionalismo, no sé cómo llamarlo, que me alejaba del tema y al mismo tiempo me cuestionaba.
P- ¿Y cómo te decidiste finalmente?
R- En una de esas clases conocí a Gaspar Jofre, el protagonista. Tenía algo frágil dentro de esa furia que es el zapateo. Atravesaba una dolencia corporal. Su maestro Fernando Muñoz lo cuidaba y al mismo tiempo le exigía con rigor. Había una relación de amigos más allá de maestro y discípulo. Un empeño en superarse y la necesidad de Gaspar de brindar su experiencia a los otros. Pensé que allí, en el entrenamiento, había un mundo a contar. Ese movimiento continuo era cinematográfico. La competencia no era el tema que me interesaba sino el intento. La lucha con uno mismo, la fuerza vital que se impone a lo adverso.
P- ¿Cómo conociste la historia de sacrificio de los malambistas y el hecho de que su triunfo implique su posterior renuncia y dedicación a la enseñanza?
R- Es algo que surgió al interiorizarme, la paradoja del triunfo y la renuncia. El apogeo y la extinción. Ellos lo viven con naturalidad. Nosotros filmamos una competencia ficcional donde Gaspar triunfa, pero en realidad no sucedió así, no ganó. Pero Gaspar a los meses me dijo que estaba contento, había podido superarse al dolor, entonces había ganado. Esa idea me resultaba muy atractiva, trascendental. El cine puede dar cuenta del esfuerzo físico y espiritual, se ve, se siente, suena.
P- ¿Hasta qué punto te resultaba importante en la película la idea de la transmisión de un saber de generación a generación?
R- Es crucial, es un cuerpo que transfiera la experiencia al otro. Es también la idea de que habrá un porvenir, alguien que siga después de uno. Un legado.
P- ¿Por qué elegiste el blanco y negro para narrar esta historia? ¿Encontrás alguna relación entre esa imagen y el universo del malambo?
R- Desde el principio la vi así, en blanco y negro. Tiene algo de fábula, de irrealidad. No es una película folclórica, toma ese elemento para narrar un cuento que puede sucederle a cualquiera. La imagen tiene algo atemporal, el blanco y negro lo saca de un posible costumbrismo. Los directores de fotografía fueron Edu Crespo e Iván Fund, amigos y colegas con los que comparto a veces una mirada común. El registro se corre del documental, por más que está presente. Toma distancia y al mismo tiempo se vuelve íntimo. La imagen era un procedimiento necesario para que el relato fuera más preciso, como los golpes del zapateo. También necesité narrarla, hacer la voz, conjeturar desde mi percepción lo que sienten los personajes. Contar la película como si fuera un cuento que me llegó de lejos y luego paso por mi sentir y deseo de trasmitirlo.
P- ¿A qué se refiere la mención del título a un “hombre bueno”?
R- Me parecía lindo jugar en el título con ese estereotipo. Alguien que se siente o se rotula como “bueno”. El personaje duda de su bondad. La competencia, querer la derrota del otro, lo hace dudar de su nobleza. En una de las escenas más lindas de la película el protagonista se cruza con su adversario y todo lo que pensó y odió se vuelve irrelevante, el otro es alguien real. Otro con una vida, que atraviesa otras batallas. Lo que uno proyecta del adversario es una imagen deforme, ficticia.


Fuente: Telam

No hay comentarios.